Antes del amanecer, el mundo despertó con la noticia. Una imagen de Maduro detenido, a bordo de un buque estadounidense, comenzó a circular, confirmando lo que hasta minutos antes parecía improbable.
By Staff South Press Online
Los helicópteros avanzaban a ras del mar Caribe, tan bajos que las hélices parecían peinar la superficie oscura. La noche era absoluta, escogida y calculada. Cuando las luces se apagaron de golpe en los alrededores del complejo presidencial, no fue un apagón: fue la señal convenida. El tiempo del mandatario venezolano había llegado a su punto final.
A cientos de kilómetros, en Florida, un mensaje breve autorizó el inicio de la operación. Con esa orden, una maquinaria militar cuidadosamente ensamblada durante meses se puso en movimiento. Decenas de aeronaves despegaron casi al unísono, mientras unidades especializadas abrían paso en el cielo para garantizar un corredor seguro.
A la 1:01 de la madrugada, el primer equipo tocó tierra. La respuesta defensiva no tardó, pero la fuerza de asalto avanzó guiada por información en tiempo real. Cada movimiento había sido ensayado en una réplica exacta del lugar objetivo; cada puerta, cada pasillo, cada punto ciego había sido estudiado hasta la obsesión.
El equipo esperaba un encierro prolongado. Habían llevado herramientas para abrir acero reforzado, pero no las necesitaron. El mandatario y su esposa intentaron llegar a su refugio interno, aunque fueron interceptados antes de lograrlo. Para entonces, la inteligencia estadounidense conocía su rutina con una precisión quirúrgica.
La retirada fue tan veloz como la entrada. A las 3:29 a.m., la fuerza ya se encontraba nuevamente sobre aguas abiertas. Hubo heridos, pero no se reportaron muertes entre el personal desplegado.
Antes del amanecer, el mundo despertó con la noticia. Una imagen del detenido a bordo de un buque estadounidense comenzó a circular, confirmando lo que hasta minutos antes parecía improbable.
El operativo dejó un vacío inmediato en Caracas. Desde Washington se habló de asumir temporalmente la conducción del país, mientras desde el gobierno venezolano se insistía en que la nación no aceptaría convertirse en territorio tutelado. El bloqueo permaneció, las tropas también.
El hombre que había gobernado Venezuela por más de una década ya no estaba en Miraflores. Ahora viajaba bajo custodia, rumbo a enfrentar un proceso judicial en Estados Unidos. El tablero regional, una vez más, había cambiado antes de que amaneciera.
Tras el anuncio de que las fuerzas estadounidenses habían facilitado con éxito el arresto de Maduro, el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio centraron su atención en otro adversario: Cuba.
Durante una conferencia de prensa el sábado, la administración emitió una dura advertencia al presidente cubano Díaz-Canel. “Lo que le sucedió a Maduro les puede suceder a ellos, y les sucederá si no actúan con justicia y equidad hacia el pueblo”, dijo Trump, advirtiendo explícitamente a los líderes que pudieran amenazar la soberanía estadounidense.
El secretario Rubio, un crítico de larga data del régimen cubano, estableció una conexión directa entre ambos gobiernos, señalando que agentes de inteligencia cubanos habían formado parte del equipo de seguridad de Maduro durante mucho tiempo.

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