Cada abril, el Mes de la Tierra nos recuerda que el planeta no es un recurso inagotable, sino un hogar compartido que exige responsabilidad, empatía y acción colectiva.
Por Felicia Jimenez / Programa radial Clima en Contexto
En un tiempo marcado por huracanes más intensos, olas de calor que rompen récords y comunidades que viven en primera línea de los efectos del cambio climático, esta conmemoración adquiere un sentido más urgente.
No se trata solo de celebrar la naturaleza, sino de preguntarnos qué estamos haciendo —y qué estamos dejando de hacer— para protegerla. En ese diálogo entre conciencia ambiental y compromiso ético, la figura de San Francisco de Asís emerge como un puente poderoso. No solo por ser el patrono de la ecología, sino porque su mirada sobre el mundo sigue ofreciendo claves profundas para este siglo: humildad, interdependencia y una relación con la naturaleza basada en el respeto, no en la dominación.
Una espiritualidad que se vuelve acción
San Francisco entendía la creación como una red viva donde cada elemento —el agua, el viento, los animales, los bosques— tiene un valor propio.
Su visión no era romántica ni ingenua: era radical. Reconocía que la forma en que tratamos a la naturaleza revela la forma en que tratamos a los demás. Hoy, esa intuición resuena con fuerza en comunidades que enfrentan contaminación, inseguridad hídrica, desplazamientos climáticos y desigualdades ambientales.
El Mes de la Tierra nos invita a recuperar esa mirada: una ecología que no se limita a reciclar o plantar árboles, sino que exige justicia, participación ciudadana y políticas públicas que protejan a quienes más sufren los impactos del clima.
San Francisco en tiempos de crisis climático
En un mundo donde la degradación ambiental avanza más rápido que las soluciones, la espiritualidad franciscana se convierte en un recordatorio de que la transformación empieza por la forma en que habitamos el territorio.
No es casual que muchas organizaciones ambientales, como la Fundación VoLo, la Fundación NaturPaz entre otros movimientos comunitarios y líderes sociales, encuentren en su legado un lenguaje para hablar de resiliencia, cuidado y responsabilidad moral.
En este Mes de la Tierra, mirar el mundo con ojos franciscanos significa reconocer que cada decisión —individual o institucional— tiene impacto. Que la crisis climática no es un destino, sino un desafío que podemos enfrentar con ciencia, comunidad y voluntad política. Y que proteger la casa común es, al final, una forma de protegernos entre nosotros.


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