Santiago Mora continuó su camino hasta la Plaza de San Juan de los Remedios. De pronto recordó la levita: “Qué suerte”, pensó. “Ahora tengo una excelente excusa para verla mañana”. Y se fue a dormir, ilusionado.
Relato de Felicia Jiménez / tomado del libro Historias Asombrosas, autor Angel Cristobal
En una apacible noche de otoño de 1926, mi bisabuelo, Santiago Mora, descansaba en un banco de la Plaza, justo frente a la imponente Iglesia Mayor de San Juan de los Remedios, cuando se le acercó un amigo con una propuesta: asistir a un animado baile que tendría lugar en una casa cercana al antiguo cementerio del pueblo.
Sin dudarlo, Santiago aceptó la invitación. Juntos recorrieron el oscuro camino empedrado, y al pasar frente al Camposanto, se persignaron con respeto antes de llegar al bohío donde el guateque ya estaba en marcha. Mi bisabuelo vestía con gran elegancia: pantalón de pana, camisa de hilo impecable, una distinguida levita negra y un sombrero de pajilla que coronaba su figura.
Su porte causó sensación, y sus ojos no tardaron en posarse sobre una joven de belleza singular, sentada en un taburete cerca del sexteto de sones que interpretaba “El son de la Mateodora”. Santiago, con ese encanto innato, se acercó con cortesía y la invitó a bailar. La noche apenas comenzaba.
Santiago y la joven bailaron sin descanso durante toda la velada. Cuando el reloj marcó la medianoche, ella le dijo con voz suave que debía marcharse. Él, siempre cortés y atento, se ofreció de inmediato a acompañarla. La muchacha aceptó con una sonrisa, y al notar que temblaba ligeramente por el fresco de la noche, Santiago se quitó su elegante levita negra y con gesto protector se la colocó sobre los hombros; entonces ella se detuvo y señaló una casita en la distancia, apenas iluminada.
—Gracias por acompañarme —dijo—. Déjame aquí. Esa es mi casa. No quisiera que mi madre me viera llegar con un extraño.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él con curiosidad.
—¡Ya nos veremos! —respondió ella, antes de perderse velozmente entre las sombras de la noche.
Santiago Mora continuó su camino hasta la Plaza de San Juan de los Remedios. De pronto recordó la levita: “Qué suerte”, pensó. “Ahora tengo una excelente excusa para verla mañana”. Y se fue a dormir, ilusionado.
A la mañana siguiente, mi bisabuelo se dirigió al bohío donde ella le había dicho que vivía: una humilde casita de tablas de palma real, con techo de guano. Tocó suavemente a la puerta. Al poco rato, una señora anciana le abrió.
—¡Buenos días, señora!
—¡Buenos días, caballero! ¿En qué puedo servirle?
—Vengo a saludar a su hija. Anoche la conocí en un baile y le presté mi levita negra. Quisiera recuperarla.
La mujer lo miró con asombro, guardó silencio unos segundos, luego abrió del todo la puerta y señaló un retrato colgado en la pared.
—¿Esa es la joven con la que usted bailó?
—¡Sí, ella misma!
La señora bajó la mirada y respondió con voz quebrada:
—Sí, ella es mi hija… pero murió hace veinte años.
Santiago quedó paralizado. La anciana, viendo su expresión, añadió: Si no me cree, caballero, vaya al cementerio. La tumba de mi hija está justo a la derecha del portón. En la lápida verá esta misma fotografía.
Mi bisabuelo salió sin decir palabra y se dirigió al camposanto. Al entrar, no tardó en hallar el panteón: estaba limpio, cuidado, rodeado por rosales en flor. Su corazón se detuvo al ver la imagen de la joven junto al epitafio.
Pero lo más sobrecogedor fue el detalle final: justo encima de la lápida, cuidadosamente colocada, se hallaba su levita negra.
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